La vida es mas rica y mas compleja de lo que parece...así es también la experiencia de quien cree, requiere mantener una unidad vital, como la rama al tronco, con aquella realidad que le da sentido a su vida.
Quienes vivimos la fe cristiana no tenemos la exclusiva en la experiencia del espíritu. Muchos y diversos caminos, en el horizonte de las religiones, son propuestas muy autenticas para vivir lo que los cristianos llamamos “espiritualidad”. Con esta palabra queremos expresar aquellos elementos vitales que nos permiten crecer y vivir la madurez humano-cristiana. Estos elementos en buena parte dependen de nosotros, pero tienen más que ver con otra realidad que nos sobrepasa. Los hombres y mujeres del evangelio estuvieron seguros que la energía que les impulsaba brotaba de la propuesta y la persona de Jesús. Asumir como propio el camino de Jesús, es lo que identifica a quien se confiesa cristiano/a.
Andar en el Espíritu es una experiencia que se despliega desde el interior de la persona, no puede ser algo que llega desde afuera. Es cierto que llegamos a la fe a través de testigos cercanos.
Todos recordamos amigos, papa, mama, abuelos, maestros etc. que nos han conducido con su propio ejemplo a aquel que es el camino, la verdad y la vida. Sin embargo, hasta que la persona realiza su propia opción de fe, entonces vive desde lo profundo de su savia vital. De esta experiencia personal y solo de esta podrá elaborarse la aventura del discípulo.
Y es que cada situación histórica exige una expresión particular y concreta de “espiritualidad”, una manera adecuada de vincularse al camino de Jesús. Creo que la experiencia migrante tiene sus propios rasgos.
a) Espiritualidad subterránea (de clandestinidad): La identidad y los valores culturales sobreviven en las raíces. La persona migrante se ve obligada a aprender los criterios y las formas de la cultura dominante donde busca vivir. Incluso sus hijos/as crecen inmersos en la otra cultura, los llega a sentir extraños. Por años, esta tensión (aprender el idioma, responder a la demanda del trabajo y las relaciones) le hace desplazar su identidad cultural y personal a otro nivel. No se ha perdido, esta bajo tierra. Cualquier signo, cualquier encuentro, cualquier canción despierta la identidad, hace memoria vital de una experiencia de fe. Lo importante es no dar por muertas las raíces.
b) Espiritualidad de lo provisional: Se cultiva una actitud de estar abierto/a a lo que venga. Si eres detenido por migración, porque no tienes “papeles”, sabes que puedes ser deportado/a y debes dejar todo. Así, aprendes a vivir este momento lo mas profundamente que puedes. Si tienes trabajo aprovechas todo el tiempo, lo demás se vuelve irrelevante, no estas seguro de seguir trabajando mañana. Tu misma fragilidad (sin cuentas de banco, sin seguros, sin tarjetas de crédito, sin papeles) te hace mas libre. Los misticos y misticas cristianas conocian esta actitud como disponibilidad a la intervencion de Dios.
c) Espiritualidad de transgresión: Toda la legalidad formal, la que tiene que ver con el País que te recibe, como la normatividad moral, se relativiza. La vida se vuelve criterio absoluto. La gente migrante parece, desde todos los marcos legales, ingenua, osada, ignorante, desarraigada y sin valores...pero, en el arrojo de sus vidas es posible reconocer la honestidad radical de su conducta y es posible adivinar también que hay una corriente que les impulsa, no seria posible el futuro sin ir mas allá de lo que hoy se impone como única legalidad. “Si nuestra conciencia no nos remuerde, entonces, hermanos míos, nuestra confianza en Dios es total” (1 Juan 3,18-24)
Los sistemas corporativos y las políticas de países poderosos, desechan personas y culturas que no encajan con sus proyectos. A la vuelta de la historia los desechados llegan a ser factor fundamental en las nuevas conformaciones sociales. “La piedra que desecharon los constructores ha llegado a ser la piedra angular”.
En las marchas multitudinarias de inmigrantes, por todo USA, una manta afirmaba: “Nosotros somos parte de la solución”. Pero este no era el enfoque de los legisladores norteamericanos.
Para la mayoría de los líderes que tienen que ver con el ejercicio del poder en un País o en una comunidad de fe, sus decisiones muy pocas veces responden a la realidad de grupos “minoritarios” (que en realidad no son minoritarios) y excluidos...simplemente no les conocen, ni les interesa conocerles.
Solo la voluntad de tomar el lugar de los otros y empatizar con su realidad hace posible un “conocimiento”. Fue el único estilo que los primeros lideres cristianos aprendieron y quedo reflejada en la figura del pastor, tan apreciada por las comunidades que vivieron la represión y el martirio.
Saber que alguien te “conoce” personalmente y se juega la vida por ti, te hace sentir seguro/a, te motiva a actuar con espíritu de libertad y madurez. Esa relación de “conocimiento” tiene un sentido mucho más rico que lo que la unidemensionalidad científica atribuyo al conocer. Es una relación de totalidad, no solo se saben cosas sobre la otra persona; el encuentro y la relación personal es sapiencial y de ahí nace siempre una experiencia de comunión. La propia vida queda involucrada. Conocer en el sentido de que habla el evangelio hoy es estar dispuesto a “cargar con todo lo que la otra persona es, hacerse cargo y encargarse de su vida” (Ignacio Ellacuria). No es pretender saber lo que necesita el otro sino reconocerle incondicionalmente y solidarizarse con las posibilidades que posee para ser todo lo que es y/o puede llegar a ser.
Cada comunidad cristiana esperaría un pastor así. En muchas de las confesiones protestantes y pentecostales los fieles explícitamente llaman a sus lideres “pastores”, muchas veces se da una relación de calidez entre el “pastor” y los miembros de su congregación.
En las comunidades cristianas, de tradición católica, este titulo tiene más que ver con la atención “espiritual” de la comunidad. En lo práctico, resulta difícil incluir en esta atención “espiritual” las dimensiones que más preocupan a la gente.El ser del pastor más que personificarse en alguien, toma cuerpo en una dinámica y una acción que, en varias experiencias eclesiales se le conoce como “pastoral de conjunto”. La figura del pastor bueno, solo excepciones, tiene que ver con hombres y mujeres de fe que comprometen toda su vida en la defensa de la dignidad integral de su pueblo, solo excepciones como el Obispo Salvadoreño Oscar Arnulfo Romero o Madre Teresa de Calcuta.
Solo quien no es “mercenario” puede estar disponible para los más vulnerables.
Inspirados en la pastoral de conjunto, durante las redadas de la “migra”, los miembros de la comunidad migrante se informaban unos a otros por teléfono, cuando veían circular por los lugares donde viven a los agentes de inmigración. Resulto una red “pastoral” bastante eficaz para evadir el peligro de ser detenido/a.
El creyente vive confiando que Jesús apostó por el/ella creyendo en lo que todavía no se ha manifestado...pero que es ya una dimensión real y viva en su ser.
Compartir juntos una comida se volvió la consigna de aquellos discípulos.
La gente que llega a los Estados Unidos, para trabajar en el campo, saborea el comer juntos casi como un ritual. Por lo menos a quienes yo conozco y se que crecieron trabajando en el campo mexicano, las comidas se hacían en familia y se comparte mucho mas que los solos alimentos.
Jesús lleno de significado las comidas compartidas con su grupo. Sus sueños y su utopía del Reino se aclaraban, en torno a aquellas comidas fraternales e igualitarias. Tanto es así, que para nosotros, el hecho de compartir juntos un poco de pan y un poco de vino, se volvió un evento central de nuestra fe y lo celebramos cada domingo.
Por eso el trozo del Evangelio de Lucas hoy presenta a Jesús resucitado pidiendo algo de comer. Al volver a comer juntos, aquel puñado de discípulos, aclaran la identidad del derrotado-resucitado y retoman la comprensión de lo escrito en el AT.
Una comida compartida redimensiona la vocación y la misión.
Es curioso el papel que la cultura norteamericana da al comer. Pocas veces el comer es un fin en si mismo: Se come con otros, cuando se trabaja juntos. Pero la comida es bastante pragmática. Lo más común es comer juntos, en plan de negocios o para arreglar algún asunto y la comida sigue siendo poco interesante. Es comida rápida (fast food), solo ocasión para otros intereses, normalmente de negocio.
A pesar de todo he disfrutado el sentido de la “comensalidad” en el oeste de Nueva York. Cuando una familia caribeña me invita o cuando estoy en casa de una familia o de un grupo de personas migrantes. Entonces comer no tiene otro objetivo, solo encontrarse y disfrutar el encuentro. Que conste que esto no es solo en las casas: Particularmente en la temporada de la cosecha, cuando el ritmo de trabajo es extenuante he vivido esa experiencia de “reconocimiento”, de paz y de alegría, como el de aquel grupo que reconoce en su medio al resucitado.
Sentados bajo un árbol, compartiendo juntos unos tacos calentados al momento. No hay otros objetivos. No hay expectativas de negocio. Ni se trata de esas comidas, señaladas con reloj en medio de una reunión...solo el encuentro.
Una comida así te reconecta con lo más humano de ti mismo y de los demás comensales:
“Soy yo en persona...no soy un fantasma”, “tu eres una persona...no una sombra”.
Nuestras eucaristías, tan ritualizadas ya, aspiran a conectar con ese sentido de comenzalidad que ha saboreado la gente de nuestras comunidades migrantes. Donde Jesús, aquel que fue rechazado y cuyo estilo de vida se transformo en modelo, es el comensal que nos convoca y nos anima a todos los demás.
Las eucaristías que más se acercan a esta experiencia son las que hemos vivido en algunos de los campamentos migrantes. Cuando los participantes van dejando los morrales, al regreso de la jornada de la pizca de manzana. La Celebración nos une, comentamos las historias de idas y venidas, de caídas y levantadas. Permitimos que el Señor nos hable, leyendo su palabra...y casi siempre ha habido un equipo que muy temprano, antes de salir al trabajo, preparo algo de comer para compartir después de la Eucaristía.
“Entonces el Espíritu del crucificado-resucitado nos abre el entendimiento para comprender la “palabra” que se hace acontecimiento en nuestras vidas y nos envía a ser testigos.”
Tres niños migrantes, atravesaban la frontera por el desierto, sus padres desvelados aguardaban ya en un pequeño poblado de los Estados Unidos. Cuando los oficiales de migracion encontraron al grupo, el coyote abandono el grupo a su suerte. Una de las personas que pasaba la misma aventura logro esconder a los niños consigo, seguramente porque presintió lo que sentirían los padres. Cuidó a los niños y los hizo llegar a su destino. El reencuentro de esa pequeña comunidad familiar, después de días y horas de desesperación e incertidumbre, fue un encuentro de comunión y vida.
En muchas situaciones la persona no tiene todo lo necesario para sobrevivir. Cuando hay por lo menos rastros de comunidad...y el individuo se abraza a ellos, no todo esta perdido.
El proyecto cristiano solo puede vivirse como una aventura comunitaria. La entera experiencia cristiana pudo crecer gracias a la “koinonia” que se volvió estilo de vida de los primeros cristianos. El libro de los Hechos de los Apóstoles atestigua esta relevancia de la comunidad-comunión. Es mas, la experiencia de la resurrección toma forma en el tejido de múltiples pequeñas acciones que tienen que ver con la construcción cotidiana de redes comunitarias.
La subjetividad moderna nos enseño que los ritmos y los caminos personales no puede evadirlos nadie, a costa de perder el rumbo. Sin embargo, el espíritu de un grupo aporta un carácter específico y determinante para la persona.
Quien llega por primera vez al “norte”, depende mucho de las redes familiares y de amigos.
Los norteamericanos, que aprecian tanto la independencia personal (a veces son simplemente individualistas) se asombran de cómo los trabajadores migrantes viven en campamentos, o como se mueven en grupos. La mayoría de las veces los locales son poco apropiados pero, la gente que ahí habita lleva una vida de comunidad. Soy testigo de auténticos valores de solidaridad y espontánea “koinonia” entre estos grupos de trabajadores migrantes.
Me parece que ese espacio-fuerza de la comunidad-comunión es lo que sobresale en el relato
que elaboro el Evangelio sobre la duda de Tomas: Una búsqueda personal, una serie de inquietudes, muchas preguntas, envuelto todo en el anhelo sincero y exigente de poseer elementos evidentes para poder creer.
Todo discípulo reubica y recupera el camino personal en la calidez de aquella “koinonia” fraternal. No se terminan las preguntas, no se cierra la búsqueda personal, ni se resuelve lo incierto de la fe, pero la persona experimenta la acogida incondicional: Cuando la comunidad replica los rasgos originales del Maestro-servidor, que abraza y perdona, que no oculta sus llagas y reitera la invitación a la misión. Ahí se reaviva el sentido de la fe.
Hay una conciencia comunitaria en las raíces culturales de nuestra población migrante. Y hay un embrujo neoliberal que le cautiva, cuando entra en contacto con el “american way of life”: La persona, por si sola, aparece como capaz de bastarse a si misma. Trátese del trabajo, trátese de hacer dinero, trátese de las relaciones interpersonales, la autosuficiencia individual se impone.
Existen personas que encarnan ya una síntesis, donde se retiene el rico sentido de la comunidad y se despliegan, la identidad y las potencialidades más valiosas de la persona. Esta síntesis va siendo posible en comunidades y experiencias que permiten a las personas lamer y sanar sus propias heridas. Cual es la “experiencia generadora” de estas comunidades koinonicas?
El flujo de personas sin documentos que atraviesa las bien custodiadas fronteras, obedece a muchas razones sociológicas. Y es objeto, también, de profundas diferencias entre países y grupos políticos. Con todo lo complejo del asunto, he palpado las “razones” vitales que llenan la mirada y la osadía de cada hombre y mujer migrante: Es como un impulso que nace no de la iniciativa individual, sino de una corriente de energía humana luchando por hacer prevalecer la vida. Cuando esa iniciativa encuentra lugar en las expectativas de alguien, ya no hay quien la detenga.
Cuando convergen los caminos de individuos concretos con los de toda una población que arriesga todo, puedes suponer entonces que hay una energía adicional que va llevando sus vidas.
La resurrección acontece ahí donde tiene sentido creer en ella.
Pequeñas comunidades que aprendieron a caminar detrás de Jesús y en cuyas vidas broto la pasión por el Reino de Dios: Cada DIA actualizaban los valores de fraternidad, misericordia, opción preferencial por los pobres, la vocación de servicio, todo lo que habían visto y oído de Jesús; a la vez que leían la escritura y captaban su novedad, a la luz de aquel “siervo sufriente”. La fe en la resurrección debió tomar tiempo, si suponemos que la elaboración de los evangelios fue unos cien años después de la muerte de Jesús.
El grano de trigo que pasa por la muerte para dar vida nueva es la mejor metáfora de cuando está a punto de acontecer esta presencia resucitadora. La fe y el proyecto de Jesús no le dan al discípulo seguridad, ni le ofrecen la solución a todos los desafíos de la propia existencia, ni de su entorno. Cada etapa del camino es una serie de nuevos cuestionamientos, en cada etapa hay “muerte” (Tumbas vacías), hay necesidad de negar y superar cosas que uno dio por validas en otros momentos y otras circunstancias. Al llegar a estos umbrales se abren otras posibilidades, se despierta la creatividad, la imaginación y así se da lugar a lo nuevo. Dimensiones alternativas iran tomando cuerpo, como todo lo vivo. En lo profundo constatamos, con el tiempo, que aquello que no tenia sentido auguraba una transformación.
Hay un dinamismo capaz de abrazarlo todo. No bastan las solas convicciones personales, se requiere de un “impulso” que rebasa lo que eres y puedes. La resurrección de Jesús se acoge, según la visión de Teilhard como un proceso íntimo y global. No tiene que ver con un momento, ni con un evento, es ya la vida en plenitud penetrando nuestras vidas concretas. Quien es abrazado/a por este dinamismo se deja llevar por la osadía de vivir confiando, en medio de lo incierto. Vive sin más fortaleza que la fidelidad en sus propias debilidades. Se proyecta en la apertura a la comunión, sin perder el rumbo de la más autentica búsqueda personal. Es una fuerza que hace crecer, que teje relaciones, que transgrede fronteras. Es un impulso de futuro y de vida que se sobrepone a la evidencia de la caducidad.
La fe en la resurrección, de aquel condenado a la cruz, fecunda paso a paso comunidades marginales que fortalecen su autoestima, su capacidad de solidaridad y justicia. De esta forma enfrentan vigorosamente las fuerzas deshumanizadoras del sistema dominante.
The Mexican people who cross our border pack among their scanty belongings a picture of the Virgin of Guadalupe.
The face of the Virgin and the story of her meeting with Juan Diego (the young Aztec man recently declared a saint by Pope John Paul II) symbolize the powerful and dramatic birth of a community.
Caught between two cultural worlds and arriving at a border marked by violence the indigenous people of Mexico discover the face of the “God through whom we live.”
With her dark skin and facial features combining both races, the white and the brown, Guadalupe liberates the capacity and the courage in the hearts of indigenous people to travel the path of rebuilding a community butchered and raped of its human dignity.
Every migrant has to learn that only the strength of poor people can change the direction of world history. Yes, whoever has power can lord it over many things. Yet the truly profound human transformations happen when “flower and song,” as the indigenous say, are united— when a people who aren’t even aware of their own rights and dignity dare to lift themselves up, to believe, and to set out on the road. Those people have indeed become, each one, a Juan Diego. They feel new strength, they have a “mother” who encourages them and has faith in their capacities. “Am I not right here and now your own mother?”
The transformation of what was impossible is under way.